Quedarse quietecito…
Cuento de un lobo marino
Este cuento fue creado a partir del hallazgo de un lobo marino bebé con el cordón umbilical desde el 11 de febrero de 2023 en Playa Azul, distrito de Cerro Azul, provincia de Cañete, región Lima Provincias, Perú.
Ayer murió mi mamá. Al menos creo que así le llaman a cuando alguien se queda quietecito y no se mueve más. La intenté despertar, le dije: “Mamita, vamos, tienes que amamantar a mi hermanito. Vamos, mamita”. Pero ya no se movía. La empujé quedito con mis aletas y no respondía.
Ahí recordé que la primera vez que había escuchado decir que alguien estaba “muerto” fue cuando nos soleábamos en la playa. Había escuchado que un día, un tío había nadado lejos, hacia el norte, y allí, mientras buscaba alimento, un manto negro lo cubrió y no lo vieron más. Mi prima dijo que probablemente estaba “muerto”. “Muerto, ¿qué significa estar muerto”, pregunté. “Es cuando alguien se detiene y no se mueve más. Ya no despierta”, me respondieron. A mi tío muerto lo había visto mi prima, que había logrado escapar y que llegó con varias manchas negras y muy mal. Pocos días después, ella también estaba muerta. Al menos, ya no se movió más.
Nos juntamos en la orilla de la playa de arena. Pusimos piedritas con la boca a su alrededor y estuvimos unos minutos contemplando. Recuerdo que algunos hicieron una plegaria aguda que dolía el sentimiento. Luego, uno de los mayores nos dijo que ella ya no estaba ahí, que había partido. Nos dijo que lo que veíamos era lo que ahora ella heredaba a los hombres, a los responsables del manto negro. Ahora sus manchas debían recordarles a los hombres su maldad.
Ese día nos fuimos nadando a otra playa. Recuerdo que vi peces, pero los dejé ir, algo me impedía comer, algo hacía que me sintiera pesadito. No sabía que era y ese día solo nadaba y veía al sol ponerse naranja para despedirse, para irse otra vez.
Así pasó un tiempo mientras seguía nadando y perfeccionando mi forma de buscar comida. Hace unos días, todos en la colonia hicimos una fiesta. Habíamos encontrado comida. Durante meses, había faltado y comíamos poco, pero ese día encontramos que era fácil cazar a algunas aves que se movían muy lento. Algunos comimos y otros desconfiaron. Dijeron: “No es normal eso”. Yo probé y seguí probando y fui muy feliz, porque comimos, y nadamos con mamá y mis hermanitos. Ese día dormimos contentos. Ese día, mamá nos contó que hace mucho tiempo debíamos escondernos de los humanos, porque nos mataban, pero que ahí donde vivíamos no pasaba eso, que muy raramente aparecían.
Me parecen seres extraños los humanos. Tienen unas cosas llamadas manos y pies. Se pueden mover en la tierra, pero son torpes en el agua. Nosotros tenemos nuestras aletas y con ellas nadamos mucho mejor. Yo solo he visto humanos a lo lejos. Los he visto pasar en unas cosas grandes que se llaman “botes”.
Unos días después de la fiesta, comencé a notar que todos andaban más lentito. Decían que todo les dolía y no podían respirar. Había otros que hacían sonidos extraños. De a pocos, todos empezaron a quedarse quietecitos, los que habíamos estado en la fiesta y los que no. Cuando mis dos hermanitos mayores, se empezaron a quedar quietecitos, mi mamá nos dijo que debíamos irnos de la colonia. Sentí miedo. Nunca nos habíamos alejado. Solo éramos mi mamá, mi hermana y yo quienes debíamos partir.
Salimos temprano. Notaba a mi mamá cansada. Yo, que suelo ser rápido nadando, no respondía igual. Además, debíamos esperar a mi hermanita que apenas podía con el esfuerzo. Nadamos un buen rato y con las aletas ayudamos a mi hermanita a aguantar un tramo. Mi mamá, con las pocas fuerzas, llegó a encontrar algo para comer. Almorzamos en una playa de piedritas y, luego, hicimos una siesta. Mi mamá me despertó y quisimos despertar a mi hermanita. Estaba quietecita. La moví varias veces. Una parte de mí creía que así tal vez despertaría. No pude. Nos echamos junto a ella. Recuerdo que mi mamá gemía y yo también. Nos quedamos toda la noche respirando de a poquitos.
A la mañana, nadamos un poco más allá, a una playa de arena. Nos quedamos ocultos detrás de unas rocas porque cerca había humanos. Ese día mi mamá me pidió que vaya a buscar comida. Me costó porque me dolía un poco el cuerpo, pero lo logré. Mi mamá estaba muy débil. Le pregunté por qué habíamos venido cerca de los humanos y me dijo que estaba por llegar mi último hermanito, que tal vez los humanos se apiadarían de nosotros.
Fue una noche larga. Mi mamá estaba muy muy débil y apenas tuvo fuerza para que llegara mi último hermanito. Le dije que todo estaría bien, que esto pasaría. Me dijo que ella debía amamantarlo y que solo viviría con leche, que no había otra forma. Y estuvieron todo el día echados juntitos mientras yo volví a ir de nuevo por comida. No avanzaba muy rápido, pero podía nadar y moverme, a pesar de unos dolores extraños que tenía. Durante la noche, mi mamá amamantó a mi hermanito y nos pusimos a descansar.
Cuando desperté, todo el cuerpo me dolía, apenas podía respirar, y mi hermanito gimoteaba. Pensé que tenía hambre y quise despertar a mi mamá. Estaba quietecita, con los ojos cerrados. Había muerto. Quería quedarme junto a ella, pero también debía ver qué pasaba con mi hermanito. Yo no podía buscarle comida. Estaba muy débil. Decidí llevarlo cerca de los humanos. Corté una especie de cordoncito que estaba unido a mi mamá y le enseñé cómo ir en la arena. Anduvimos lentito, lentito. Yo no tenía mucha fuerza, pero me ayudaba el hecho de que él recién estaba aprendiendo a caminar. Llegamos cerca a dónde había una especie de objetos que asemejaban aves muy flacas con las alas abiertas. Le dije: “Aquí, te vas a quedar, ¿ya? Tú eres bebé y de ti tal vez se van a compadecer. No sé si de mí, pero, desde esa roca de allá atrás, voy a estar viéndote. Necesitas leche materna o algo que se parezca, y yo no sé de dónde voy a sacar eso, porque la colonia ya no existe. Tienes los ojos de mamá. Todos te vamos a amar donde estemos. Me voy a ir a la piedra. Y te quedas aquí, sin moverte, ¿ya?”.
Volví muy despacio, más despacio a la piedra. Cuando me eché, vi que se había quedado en su sitio, mirando alrededor. Ya el sol comenzaba a iluminar más. Algo me decía que ya llegarían los humanos. Yo respiraba entrecortado y mi cuerpo me dolía mucho más. Sentí que ya iba a ser difícil que avance con mis aletas. Y ahí lo supe. Me di cuenta de que iba a quedarme quietecito también. Y ahí comencé una plegaria: “Mamá, hermanitos, por favor, solo déjenme ver que los humanos encuentren al último de nosotros y podré reunirme con ustedes”. Cuando vi a los primeros humanos aparecer, pensé que mi plegaria había generado un efecto, pero solo lo miraron de lejos. Vi que se movían, como que hacían sonidos y hacían gestos. Se fueron y vinieron otros, y así estuvieron un rato. De pronto, algunos de ellos, que parecían estar con un uniforme y que estaban bien cubiertos se acercaron a mi hermanito. Creo que le dejaron algo; pusieron unos objetos y se fueron. Cuando eso pasó, no supe qué más iba a suceder, porque sentí que había llegado la hora de quedarme quietecito. Miré hacia mi hermanito que miraba atento hacia el mar. Lancé un gemido que se oyó quedito, quedito y no supe más.
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Datos sobre el caso
Enlace 1: https://www.atv.pe/noticia/veraneantes-encuentran-abandonado-a-lobo-de-mar-bebe-en-playa-azul
Enlace 2: https://twitter.com/taliaazcarate/status/1625546105634144273?t=6uSmu3LAoJZom9QP6TwxcQ&s=19